AntonelaPereyra

AntonelaPereyra 27 de Noviembre de 2017

vOCES EN MI INTERIOR

Había comenzado nuevamente a escribirle. Estaba dedicando tiempo para esa persona que ya no me escuchaba. Tal vez, no estaría de más decir quién soy. Aunque la verdad no me interesa que me conozcan, seré lo más breve posible con respecto a la descripción sobre mi persona. Reservo mis razones sobre esta decisión última.

   Bastaría decir que soy José Luis Guevara, fui criado para ser abogado y heredar el buffet de mi padre. Pero jamás mis viejos pensaron que su hijo les saliera torcido. Pensaron que  las mucamas, el chofer y los obsequios extravagantes me harían una persona de bien. No sé qué lógica es esa. Por otro lado, jamás se les cruzo pensar que necesitaría padres. Ciertamente, me siento un poco afortunado, ya que a mí sí me bautizaron. Al otro nunca se les ocurrió ponerle un nombre. No sé si sabían que tenían otro hijo o si verdaderamente era un hermano mío. Por la ausencia de cualquier identificación posible, decidí llamarlo Ernesto.

   Paso tiempo hasta que me di cuenta que solo yo podía ver a Ernesto. No se me ocurrió pensar que en la librería o en el parque, estaba hablando solo. Tal vez pude ponerme a pensar porque me miraban tanto en la calle y a los locales que entraba. Pero como nunca me ha importado las miradas ajenas, dar cabida a ello no era una posibilidad.

    Por ciertas diferencias, Ernesto decidió no aparecer más que en voces. Y no digo voz, porque parecía como si un eco persiguiera su hablar y haría parecer que él tenía voces o una voz reproducida o que alguien, al que yo no podía ver, lo acompañaba.

    Comenzó a ser una plantita de veneno, un ser que generaba que uno quisiera cortarlo de raíz. Sin embargo, mucho tiempo paso hasta que me diera cuenta de otra cosa. Ernesto no era solo una imagen o una voz, que se encontraba en mi interior. El me confesó recientemente, como si no hubiese importando que lo me digiera desde el principio, que él era yo, y que yo era él.

   A pesar de las miles de dudas que tenía, seguí hablándole y llamándolo Ernesto, porque José Luis II no me pareció una buena idea.  Ernesto era una versión mía pero infantil. De mí infancia no recuerdo mucho ni tampoco tengo fotos para tener idea sobre mi ser pasado.

   La primera vez que vi a Ernesto, tenía doce años. Yo fui creciendo pero él se mantenía igual. Pero a eso no le preste mucha  atención hasta tiempo después, cuando su presencia empezó a fastidiarme. Lloraba y gritaba por todo. Por la cama de arriba, por un dulce o por la película que quería o no ver.  Evidentemente, era un niño molesto.

    La verdad, parecemos dos extraños; pero somos la misma persona. Frente a un espejo somos  uno, frente a frente, en nuestra cabeza, somos dos. Rivales, enemigos, un par de mediocres caminando hacía la misma dirección, hacia el mismo destino horrible que ya se había predicho. Porque como sabrán o puedan llegarse a imaginar, no es nada reconfortante tener a una persona molesta, no una o dos horas, sino las veinticuatro horas del día persiguiéndote y haciéndote la vida miserable.

    Sencillamente he concluido, mi querido Ernesto, que tú y yo no podemos seguir estando juntos. No quiero que te sientas mal,  si me ves quedarme viéndote a lo lejos, chocar con el fondo del abismo; y luego fingir que no pasó nada. Caminar en dirección contraria a lo que queda de ti….de mí; de los escasos  momentos en los que pudimos disfrutar la compañía del otro. Adiós, mí querido Ernesto.

FIN

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